domingo, 12 de julio de 2009

Autobús

Y allí estaba, sentado en la última fila del autobús de vuelta a casa, donde pensó que podría estar tranquilo, donde pensó que podría encontrar un remanso de paz antes de volver a la rutina, y donde lo encontró de una forma que jamás hubiera imaginado.

Hacía ya media hora que aquella chica, tras inspeccionar todos los asientos, le había dedicado una mirada cómplice al entender que no tenía más remedio que colocarse a su lado, le había dicho con tono casi susurrante y un liviano acento inglés “buenas noches”, manteniendo una sonrisa tímida en la boca mientras se sentaba y recibía la cortés e idéntica respuesta.

Hacían veinte minutos que empezó a hacerse notorio el cansancio de ella, y sus cabezadas cada vez más amplias, siguiendo siempre el mismo ritual: poco a poco en cada curva se iba deslizando su cabeza hacia un lado, hasta llegar a un tope imaginario (cada vez más lejano) tras el cual, ligeramente sobresaltada, volvía a levantar la cabeza a su posición inicial y a esperar la siguiente curva.

Hacía apenas un cuarto de hora que uno de esos balanceos contactó con su hombro, quedando la cabeza de ella acomodada sobre él. Ella por fin podía descansar tranquilamente, y él, enamorado del momento, sólo quería que lo hiciera de esa manera, sirviéndose de su hombro para resguardarse. No sabía si ella era consciente de el contacto o no, pero lo que tenía por seguro es que la situación era perfecta. Cualquier mínimo detalle distinto habría hecho del resto del viaje una anécdota ciertamente incómoda.

Pensó un instante que quizás era triste que de todo el contacto humano que había tenido en varios días, ese fue el más reconfortante que encontró, pero al momento desapareció de su cabeza esa idea, ya que en la misma sólo tenía cabida el cariño que irracionalmente le estaba profesando a aquella desconocida, y la paz que le transmitía el sentirla descansando sobre su hombro.