miércoles, 10 de agosto de 2011

Tercer Strike



El mundo de las relaciones, supongo que como a todos (no voy ahora a hacerme el especial), me resulta a veces muy sencillo y fácil de leer: es como un juego en una videoconsola. Es sencillo decirle a la gente lo que quiere oír, un poco más complicado decirle lo que necesita, y bueno, también puedes ser el malo de la película y dedicarte a insultar si te diviertes con ello.

Pero otras veces... otras veces sencillamente no entiendo de qué va el juego. Y lo odioso es estar jugando sin conocer las reglas, sin saber si cuando salga un seis en el dado vas a poder volver a tirar o vas directo a la cárcel sin pasar por la casilla de salida.

Por otra parte, todos en realidad hemos empezado a jugar a esto sin leernos el libro de instrucciones. Por suerte o por desgracia nos vamos encontrando con la casilla de la oca y descubrimos de un picotazo para qué sirve aquello... o te cae encima la ficha roja y ves con frustración cómo estás de vuelta en tu casa igual que empezaste. O no del todo: ahora entiendes un poco más cómo funciona tu entorno, a pesar de que todavía duela la caída.

Luego llega irremediablemente el momento en el que crees que ya lo tienes todo. Te has caído innumerables veces, han cerrado la baraja dejándote con el comodín en la mano, pero ya no te pillan en fuera de juego, ni con aquello del 'tres segundos en zona', eres el rey del matar, te pillan el último en 'paella', te haces el tejo entero en un solo turno...

Y de buenas a primeras un día descubres que ahora se juega con un palo, estás en la primera entrada y un señor con una máscara un poco extraña te escupe con saña 'strike tres, eliminado'.

Y todo lo que te queda es caminar hacia el banquillo con cara de póker.

sábado, 30 de abril de 2011

Noches taciturnas. Silencios. Pensamientos absurdos. Huracanes que arrasan momentos. Dudas. Locuras. Preguntas. Dormir...

Mejor dormir.

domingo, 27 de marzo de 2011

Hay algo que es mucho peor que la peor de las noticias, y eso es la incertidumbre de la misma.

La muerte no es tan mala como otros males a priori no tan dramáticos, precisamente por nuestra certeza de ella. Como seres sociales (y es irónico que sea yo el que diga esto), necesitamos contacto, necesitamos respuestas, especialmente de nuestros seres más queridos, necesitamos sentir que están ahí, hasta en los momentos en los que menos quieres verlos. Necesitamos saber que van a estar ahí a pesar de los pesares, y la incertidumbre del 'no saber' es mucho más amarga que la certeza del peor mal.

Supongo que todo viene de nuestro instinto animal del miedo a lo desconocido, de no saber afrontar lo que venga. Si tienes delante algo que ves, oyes, sientes, conoces... puedes empezar a idear estrategias para abordarlo, puedes empezar a evaluar las posibles situaciones, incluso elucubrar lo mal parado que puedes llegar a salir, y eso es tranquilidad en la tormenta.

La ansiedad de lo oscuro, la gota fría por el cuello, el vacío en el pecho... a eso no se acostumbra uno nunca.

martes, 8 de febrero de 2011


No hay días, ni horas. Sólo momentos. Hay pequeños momentos de melancolía, y a veces en ellos divago por escrito y empotro por ahí (a veces por aquí) mis nulas pretensiones artísticas.
Por suerte últimamente tengo poco de eso, hay veces en la vida en las que las cosas fluyen solas, como encarriladas, y saludas al mundo que pasa debajo (-Hey, ¿qué tal te va?. -Todo bien. Todo va.), agitando la mano pausadamente, tranquilo, disfrutando del paisaje.

¿Por qué?... ¿Acaso importa? No lo sé. Ni me importa. Pero puestos a estar aquí, es bastante mejor cuando todo va que cuando el gris te inunda.

Hay pequeñas piezas con las que te topas, que hacen de tu viaje un sitio un poco más cómodo. Más sincero. Más sencillo. Es probable que esas pequeñas cosas sean precisamente las grandes destructoras del arte, que se nutre principalmente de la desdicha y el pesar de los más pudientes. Pero también estoy seguro que todos y cada uno de los grandes melancólicos de la historia habrían preferido una vida sencilla, sincera y cómoda antes que ese vacío que motiva su inspiración.

Aunque también (digo yo) hay quien se inspira dentro de su felicidad...
Yo soy demasiado egoísta como para compartirla.

Si vienen malos momentos, o pierdo parte de mi egoísmo, volveremos a vernos.