sábado, 20 de septiembre de 2008

inercia

inercia.

(Del lat. inertia).

1. f. Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza.


Todos vivimos cargados de ella por nuestra propia constitución corpórea, de forma que necesitas energía para arrancar un movimiento, para dejar esa silla en la que estás sentado y salir a la calle para comprobar que hay vida más allá de esa pantalla, que hay muchos recursos en este planeta esperando ser explotados...

Porque esa inercia también está presente en nuestra forma de ver el mundo, de ver a otras personas, de forma que también hace falta energía para, además de que tu cuerpo físico salga de tu cuarto, de tu casa, y se llene de aire nuevo; para que tu mente arranque también, para dejar de ver el mundo de forma gris y monótona, para que las cosas vuelvan a ilusionarte.

Y sé que he de encontrar fuerzas, pero no sé dónde.

martes, 16 de septiembre de 2008

El duelo.

-Te reto a un duelo.
-¿Cómo?
-Que te reto a un duelo. Sé que de seguir así voy a acabar destrozado, vas a acabar matándome, así que exijo la oportunidad, al menos, de defenderme...
-Yo no quiero combatir en nada contra ti... no quiero hacerte daño, ¿te has vuelto loco?
-Pero ya lo estás haciendo. Cada día me desgastas un poco más. Tú lo sabes y yo lo sé. Sólo creo que merezco una oportunidad.
-Pero... ¿estás hablando en serio?
-Completamente.
-¿Y cómo quieres que nos batamos en duelo?
-En esa caja hay algunas armas viejas: espadas, cuchillos, un mosquete y creo que una ametralladora de la guerra... mi abuelo las coleccionaba. Elige lo que quieras de ahí dentro, yo elegiré también.

Ella se dirigió aturdida hacia la caja, y rebuscó incrédula entre su contenido.
-Hay una carta, yo elijo la carta.
-¿Qué? No puedes elegir la carta, no es un arma... ¡ni siquiera sé qué hace ahí!
-Tú has dicho que elija lo que quiera de la caja, y yo elijo la carta.
-No puedes elegir eso, estarías en desventaja.
-Pues no pienso coger otra cosa.
Él se dio por vencido... En realidad ni siquiera viéndose en peligro inminente sería capaz de hacerle daño.



Tres meses después encontró una carta en el buzón, la leyó con ansia, sabiendo que cada palabra estaba atravesando su carne y su alma, derramándolo por completo. El cuerpo aguantó lo justo para terminar de leerla antes de desplomarse, desprovisto ya de toda razón de existencia.

viernes, 12 de septiembre de 2008


Conozco demasiado bien cómo es esa primera vez.
Ese primer momento en el que se vencen todos los nervios.
Ese que has estado imaginando tanto tiempo.
Ese en el que todo el mundo calla, espectante.
Ese en el que tú sabes lo que va a pasar, y ella también.
Ese en el que aun así, nadie se atreve a dar el paso...

Hasta que se rompe la quietud.
Te lanzas al vacío en el mejor de los saltos...
En ese instante se dispara la adrenalina y el movimiento del mundo se vuelve vertiginoso y hasta tu alma comienza a girar con frenesí, saltando y moviéndose en pleno éxtasis, tanto que salta desde tu boca a la de ella, cruzándose con su alma, que por un momento entra en ti y te hace estremecer hasta los últimos confines de tus recuerdos, porque hasta los recuerdos se tambalean en ese momento...
Tanto que no tienes memoria, ni noción del tiempo, ni presente, ni pasado ni futuro. Y sólo existe ese contacto de los labios que hace contactar también de alguna manera cada célula de su cuerpo con cada célula del tuyo.

Después la tierra deja de dar mil millones de vueltas, vuelve a rotar lenta y pausada, el corazón se relaja, y cada alma es devuelta a su lugar, henchida de la experiencia vivida, estirando con fuerza el corazón para que esta nueva sensación tan sumamente grande pueda tener cabida dentro de él.

Lo malo de esto, y lo bueno a su vez, es que es terriblemente adictivo...

domingo, 7 de septiembre de 2008

Cinco de la mañana de un sábado de verano. Entre los dedos, un teclado (lejos quedaron ya los lápices de grafito y los cuadernos de papel). Entre las sienes, millones de neuronas trabajando en armonía.

A veces me arrepiento de todo esto, del escaparate dentro del cual soy maniquí, exhibiendo las palabras que mejor me sientan para llamar la atención del transeúnte...

Es la propia sociedad, o quizá es mi propia naturaleza, la de todo el mundo, que nos dota de la necesidad de la aprobación, de sentirnos admirados, queridos, aunque sea de una forma insustancial, aunque no nos importe lo más mínimo (o más bien aunque así lo creamos).

Hoy leí un breve texto en el cual se describía a una fila de niños en un orfanato, esperando la elección de una madre adoptiva. De repente uno de los niños salta todas las normas de protocolo, tirando por tierra su dignidad, mostrando cuan desesperado está lanzándose contra la mujer:

-Elígeme a mí, que soy el mejor.

Burda mentira, fruto de su necesidad de cariño, de ser finalmente el niño que destaca de entre los demás, causando la admiración de la señora para obtener él el ansiado premio.

Esta noche puede que me sienta yo como el egoísta niño que pretende el premio a toda costa, puede que el vacío y el frío de mi alma hacen de esta una noche especialmente amarga, ya que solo hay un tipo de manta capaz de abrigar un alma, y yo he perdido la mía...

Y me temo que lo que queda es afrontar este invierno con o sin valor, y esperar a que el roce con el aire gélido haga callo en mi fina piel, para finalmente fabricar yo mismo esa manta que guarde el calor que antes busqué en otra persona.

miércoles, 3 de septiembre de 2008


Y es ahora que a veces pienso en ti sin que me duela, ahora que asomo poco a poco un ojo, y luego otro por encima de mi manta; y saco la mano tímida, y los brazos, y me levanto.
Y a veces incluso no siento frío, y veo colores, y un dia soleado tras la ventana, y parece acogedor e incluso divertido:

jardín,
verdes,
calor,
piscina,
azules,
fresco,
asfalto,
grises...

grises.


Sí, también todo puede volverse gris de nuevo en cualquier momento. La diferencia es que ya no le tengo miedo.