-Te reto a un duelo.
-¿Cómo?
-Que te reto a un duelo. Sé que de seguir así voy a acabar destrozado, vas a acabar matándome, así que exijo la oportunidad, al menos, de defenderme...
-Yo no quiero combatir en nada contra ti... no quiero hacerte daño, ¿te has vuelto loco?
-Pero ya lo estás haciendo. Cada día me desgastas un poco más. Tú lo sabes y yo lo sé. Sólo creo que merezco una oportunidad.
-Pero... ¿estás hablando en serio?
-Completamente.
-¿Y cómo quieres que nos batamos en duelo?
-En esa caja hay algunas armas viejas: espadas, cuchillos, un mosquete y creo que una ametralladora de la guerra... mi abuelo las coleccionaba. Elige lo que quieras de ahí dentro, yo elegiré también.
Ella se dirigió aturdida hacia la caja, y rebuscó incrédula entre su contenido.
-Hay una carta, yo elijo la carta.
-¿Qué? No puedes elegir la carta, no es un arma... ¡ni siquiera sé qué hace ahí!
-Tú has dicho que elija lo que quiera de la caja, y yo elijo la carta.
-No puedes elegir eso, estarías en desventaja.
-Pues no pienso coger otra cosa.
Él se dio por vencido... En realidad ni siquiera viéndose en peligro inminente sería capaz de hacerle daño.
Tres meses después encontró una carta en el buzón, la leyó con ansia, sabiendo que cada palabra estaba atravesando su carne y su alma, derramándolo por completo. El cuerpo aguantó lo justo para terminar de leerla antes de desplomarse, desprovisto ya de toda razón de existencia.
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