viernes, 12 de septiembre de 2008


Conozco demasiado bien cómo es esa primera vez.
Ese primer momento en el que se vencen todos los nervios.
Ese que has estado imaginando tanto tiempo.
Ese en el que todo el mundo calla, espectante.
Ese en el que tú sabes lo que va a pasar, y ella también.
Ese en el que aun así, nadie se atreve a dar el paso...

Hasta que se rompe la quietud.
Te lanzas al vacío en el mejor de los saltos...
En ese instante se dispara la adrenalina y el movimiento del mundo se vuelve vertiginoso y hasta tu alma comienza a girar con frenesí, saltando y moviéndose en pleno éxtasis, tanto que salta desde tu boca a la de ella, cruzándose con su alma, que por un momento entra en ti y te hace estremecer hasta los últimos confines de tus recuerdos, porque hasta los recuerdos se tambalean en ese momento...
Tanto que no tienes memoria, ni noción del tiempo, ni presente, ni pasado ni futuro. Y sólo existe ese contacto de los labios que hace contactar también de alguna manera cada célula de su cuerpo con cada célula del tuyo.

Después la tierra deja de dar mil millones de vueltas, vuelve a rotar lenta y pausada, el corazón se relaja, y cada alma es devuelta a su lugar, henchida de la experiencia vivida, estirando con fuerza el corazón para que esta nueva sensación tan sumamente grande pueda tener cabida dentro de él.

Lo malo de esto, y lo bueno a su vez, es que es terriblemente adictivo...

No hay comentarios: