Ahora se supone que estoy centrado en mis cosas.
Se supone que me cuido, que cuido también a los que me rodean, que dedico tiempo muchas cosas que dejé desatendidas...
Se supone que esto debería ser el inicio de una nueva vida más reconfortante.
Pero la verdad es que no estoy seguro de ello. Cada paso que doy en la vida todo se vuelve más complicado y la alegría y despreocupación de tiempos pasados parece que han dado paso precisamente a mundos más grises, cargados de obstáculos y trampas que frustran mi intento de sentirme a gusto de nuevo.
Es cuando ya cicatrizan mis heridas recientes que examino mi cuerpo y extrañamente hay veces que vuelven a escocerme heridas que hace ya mucho tiempo que cicatrizaron.
Hay músicas demasiado relacionadas con partes de mi memoria que un dia sepulté, capaces de levantar la losa que les puse encima para arañar y hacer sangrar de nuevo...
Ahora me toca vivir así, y a mi más bien esto me parece un entrevida... navegando sin rumbo fijo, una vez reparado mi barco, sin tener que esforzarme por sobrevivir.
Todo es demasiado extraño ahora: Llevo tanto tiempo siendo parte de un nosotros que parece que se me ha olvidado cómo ser yo.
Disculpen la caótica exposición de sentimientos, pero hoy no tengo fuerzas para ordenarlo todo antes de plasmarlo aquí.
sábado, 25 de octubre de 2008
martes, 7 de octubre de 2008

Me encuentro ahora, ahora que ha pasado la tormenta, ahora en un claro, ahora en disposición de seguir navegando, con el hecho de que he estado siguiendo un rumbo durante toda mi vida que ya no me vale. Y oteo el horizonte con cierta ilusión, feliz de haber salido vivo del ojo del huracán, pero sin saber ahora hacia donde dirigir mi proa. Navego pues a donde me lleva el viento, atendiendo a otros fines que no termino de considerar tan importantes como aquel que me guió desde hace casi ocho años.
Sé que tengo que conseguir cambiar toda mi forma de navegar por este mundo, que precisamente lo más importante no es aquello en lo que más empeño puse, pero los malos hábitos son los más difíciles de erradicar, y sirvan como ejemplo mis castigadas uñas...
Pero hasta ellas conservan la ilusión de que algún día los fuertes de la clase dejen de arrancarles trozos sin ningún pudor.
Es ahora que no sé cómo se afronta la vida, que hay tanto mar a mi alrededor que no me distingo en el mapa, y a veces pienso que no soy yo el dueño de mi rumbo, que están mis manos limpias de los callos necesarios para agarrar el timón y encarrilarlo todo, y lo peor es que me planteo si realmente tengo ganas de girarlo, o por el contrario quiero dejarme llevar por la desidia hasta que el viento encalle mi barco en otra playa perdida.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Aprendemos desde pequeños a mantener la proyección vertical de nuestro centro de gravedad dentro de una base estable, primero formada por nuestra propia barriga, luego por manos y rodillas para acabar manteniéndola siempre en el rectángulo marcado por nuestros propios pies.
De otro modo aprendemos que hay también que mantener otro tipo de equilibrio, uno mucho más sutil que no se ve. Ese otro centro de gravedad hay que saber encuadrarlo dentro de bases de diversas formas cuyos pilares son personas.
El primer vértice de esa base es uno mismo, y si intentas mantener el equilibro sin él fracasarás estrepitosamente.
Los siguientes son los formados por la familia, y con ellos empiezas a hacer crecer una base sobre la que aprender a no caerte.
Luego vienen los amigos, que cambiarán la forma de tu base a lo largo de tu vida de forma más o menos significativa.
El último es la pareja, que aunque no es estrictamente necesario, suele aportar un grado de amplitud extra a esa base.
Entre todos estos vértices hemos de conseguir crear un polígono (que variará en el tiempo, eso es inevitable) dentro del cual mantener la proyección de ese otro centro de gravedad que la física no es capaz de calcular y mantenerlo grande y estable el mayor tiempo posible.
Habrá veces que algunos pilares caerán, reduciendo de golpe esa superficie en la que nos apoyamos, en esos momentos puede que el desequilibrio producido pueda incluso hacernos caer... y es sin duda entonces cuando más puedes apoyarte en los otros para volver a levantarte.
De otro modo aprendemos que hay también que mantener otro tipo de equilibrio, uno mucho más sutil que no se ve. Ese otro centro de gravedad hay que saber encuadrarlo dentro de bases de diversas formas cuyos pilares son personas.
El primer vértice de esa base es uno mismo, y si intentas mantener el equilibro sin él fracasarás estrepitosamente.
Los siguientes son los formados por la familia, y con ellos empiezas a hacer crecer una base sobre la que aprender a no caerte.
Luego vienen los amigos, que cambiarán la forma de tu base a lo largo de tu vida de forma más o menos significativa.
El último es la pareja, que aunque no es estrictamente necesario, suele aportar un grado de amplitud extra a esa base.
Entre todos estos vértices hemos de conseguir crear un polígono (que variará en el tiempo, eso es inevitable) dentro del cual mantener la proyección de ese otro centro de gravedad que la física no es capaz de calcular y mantenerlo grande y estable el mayor tiempo posible.
Habrá veces que algunos pilares caerán, reduciendo de golpe esa superficie en la que nos apoyamos, en esos momentos puede que el desequilibrio producido pueda incluso hacernos caer... y es sin duda entonces cuando más puedes apoyarte en los otros para volver a levantarte.
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