jueves, 4 de diciembre de 2008


En una mano llevaba atada la felicidad. En la otra, la tormenta para ambos.

Dios sabe que nunca quiso ver zozobrar mi barco, azotado por las mareas que ella provocó, pero también que era peor aquella felicidad; aquella banal felicidad que la había satisfecho tanto tiempo había virado últimamente hacia un tono más pálido. La cama se había destemplado y el cálido edredón que conformábamos la tela y mi cuerpo no era ya tal cosa.

Hacía ya tiempo que seguía adelante como un rollo de papel: avanzando por inercia, dejando parte de sí misma en el camino, y de seguir así habría quedado tan desnuda e inservible como el cartón.

Había que elegir entre dos.

Y los dos perdimos.

3 comentarios:

werisnei dijo...

A Charlotte:

De alguna forma has fomentado el que siguiera escribiendo aquí y te lo agradezco.

No sé de dónde saliste ni tengo manera de contactar contigo si no es a través de aquí, y de hecho no sé si éste sigue siendo un medio efectivo para ello. Sólo me gustaría que si algún día decidieras no volver, dejaras una nota en la puerta en forma de correo electrónico. Mi dirección está disponible en mi perfil.

Charlotte Jensen dijo...

Que haya estado desaparecida no quiere decir que haya decidido no volver.
Me alegra saber que la simpleza de dejar huella de mi paso por aquí haya servido para algo (que puede considerarse bueno).
No suelte el timón, Capitán, ni deje que el mar haga zozobrar su barco. Sé que tiene la suficiente fuerza como para mantenerlo a flote si se lo propone.

werisnei dijo...

No pretendía decir que lo hubieras hecho... de hecho no lo creía así.

Me reconforta su regreso.

Y sí, parece que con media vela recogida estoy siendo capaz de capear mejor que peor el temporal.