La paciencia es amarga, dejar pasar el tiempo esperando a que algo cambie, aun a sabiendas de que puedes forzar su cambio.
Es mucho más cómodo quedarte en el colchón para que tú mismo entres por la puerta y te digas "pobre yo, el mundo me sobrepasa", y te des la palmadita en la espalda.
Eso no sirve de nada...
¿Realmente merece la pena el mundo ahí fuera? Puede que no, pero el mundo de ahí fuera es lo único que hay y, creete, sabes que entre toda la mierda hay pequeñas cosas que sí que la merecen. Pequeñas grandes personas capaces de la colosal proeza de alegrar por un rato tu estancia aquí. Pequeños grandes gestos capaces de calmar la sed.
Voy a por agua.
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