Aprendemos desde pequeños a mantener la proyección vertical de nuestro centro de gravedad dentro de una base estable, primero formada por nuestra propia barriga, luego por manos y rodillas para acabar manteniéndola siempre en el rectángulo marcado por nuestros propios pies.
De otro modo aprendemos que hay también que mantener otro tipo de equilibrio, uno mucho más sutil que no se ve. Ese otro centro de gravedad hay que saber encuadrarlo dentro de bases de diversas formas cuyos pilares son personas.
El primer vértice de esa base es uno mismo, y si intentas mantener el equilibro sin él fracasarás estrepitosamente.
Los siguientes son los formados por la familia, y con ellos empiezas a hacer crecer una base sobre la que aprender a no caerte.
Luego vienen los amigos, que cambiarán la forma de tu base a lo largo de tu vida de forma más o menos significativa.
El último es la pareja, que aunque no es estrictamente necesario, suele aportar un grado de amplitud extra a esa base.
Entre todos estos vértices hemos de conseguir crear un polígono (que variará en el tiempo, eso es inevitable) dentro del cual mantener la proyección de ese otro centro de gravedad que la física no es capaz de calcular y mantenerlo grande y estable el mayor tiempo posible.
Habrá veces que algunos pilares caerán, reduciendo de golpe esa superficie en la que nos apoyamos, en esos momentos puede que el desequilibrio producido pueda incluso hacernos caer... y es sin duda entonces cuando más puedes apoyarte en los otros para volver a levantarte.
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1 comentario:
Lo que tenemos que aprender es a mover el centro de gravedad para que, cuando uno de esos pilares se caiga, no se tambalee la base que hemos creado.
Aunque también hay que tener en cuenta la importancia (que le damos a) de cada uno de los pilares que forman la base.
Aún así, se aprende a hacer de todo siempre que uno se lo proponga.
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