martes, 8 de julio de 2008

Una guerra desnaturalizada














Una guerra es terrible siempre: reproches silbando de un lado a otro, besos incendiarios, preguntas corrosivas, verdades asfixiantes que cruzan una línea imaginaria que separa los dos bandos con el fin de hacerse daño hasta caer exhaustos de llanto.

Pero sin duda hay guerras peores que otras, y cuando la guerra está desnaturalizada se convierte en una guerra de locuras, donde la línea roja que separa a ambos bandos se convierte en una espiral de trazo discontinuo, donde un soldado no sabe ni siquiera a qué bando pertenece, ni a donde disparar...

Esas otras guerras, difuminadas, manchas en el cerebro y en el corazón que recuerdan tiempos pasados. Manchas también en los ojos, que no saben ya distinguir el presente (ni mucho menos el futuro). Manchas en las manos, que cubren las yemas de los dedos, para hacer del tacto de la piel algo extraño e irreconocible. Manchas en lo más profundo de los tímpanos, con el fin de oír siempre las peores invenciones que puedan ocurrirse, haciendo que duelan hasta las palabras más dulces. En la lengua también hay manchas, y en el interior de las fosas nasales, haciendo de olores y sabores de sobra conocidos, que en otro tiempo significaron perfectas tardes disfrutando en compañía, los peores precursores de recuerdos dolorosos.

Y al final ya ni sé si me encuentro solo o en compañía, ya no sé ni en dónde vivo, ni si mi corazón sigue latiendo en mi pecho o no, o es el de ella, que se ha quedado para siempre a dormir conmigo.
Ni siquiera sé ya si los besos los debo disparar a esa cara o a esos labios...

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