domingo, 7 de septiembre de 2008

Cinco de la mañana de un sábado de verano. Entre los dedos, un teclado (lejos quedaron ya los lápices de grafito y los cuadernos de papel). Entre las sienes, millones de neuronas trabajando en armonía.

A veces me arrepiento de todo esto, del escaparate dentro del cual soy maniquí, exhibiendo las palabras que mejor me sientan para llamar la atención del transeúnte...

Es la propia sociedad, o quizá es mi propia naturaleza, la de todo el mundo, que nos dota de la necesidad de la aprobación, de sentirnos admirados, queridos, aunque sea de una forma insustancial, aunque no nos importe lo más mínimo (o más bien aunque así lo creamos).

Hoy leí un breve texto en el cual se describía a una fila de niños en un orfanato, esperando la elección de una madre adoptiva. De repente uno de los niños salta todas las normas de protocolo, tirando por tierra su dignidad, mostrando cuan desesperado está lanzándose contra la mujer:

-Elígeme a mí, que soy el mejor.

Burda mentira, fruto de su necesidad de cariño, de ser finalmente el niño que destaca de entre los demás, causando la admiración de la señora para obtener él el ansiado premio.

Esta noche puede que me sienta yo como el egoísta niño que pretende el premio a toda costa, puede que el vacío y el frío de mi alma hacen de esta una noche especialmente amarga, ya que solo hay un tipo de manta capaz de abrigar un alma, y yo he perdido la mía...

Y me temo que lo que queda es afrontar este invierno con o sin valor, y esperar a que el roce con el aire gélido haga callo en mi fina piel, para finalmente fabricar yo mismo esa manta que guarde el calor que antes busqué en otra persona.

1 comentario:

Charlotte Jensen dijo...

Creo que no es tanto la necesidad de aprobación como la sensación de saber que alguien te escucha (o, en este caso, te lee), que es lo que realmente reconforta.
(No te sientas maniquí en ningún escaparate.)